Hagas lo que hagas, ponte bragas. Es una de las frases de mi amigo Javi que ha sentado cátedra. No cabe duda de que es un tipo inteligente, a la vez que ocurrente. Y limpio, que diría mi abuela. Yo ya acostumbraba a utilizarlas mucho antes de que él me lo aconsejara (también soy limpia) pero he de reconocer que desde que se lo escuché por primera vez no puedo evitar esbozar una sonrisa cada vez que encuentro una buena oferta en las tiendas de lencería. Y me digo a mí misma que ir bien cubierta en las bajas esferas no tiene por qué resultar caro.
Parece ridículo hablar de precios cuando se trata de algo tan cotidiano como es la ropa interior, pero no hay que olvidar que en muchos puntos del planeta todavía no están aseguradas las necesidades básicas del ser humano.
Primero son la comida, el agua potable, el vestido, el calzado, el derecho a una vivienda digna y la libertad de expresión. Y después llega lo demás: las necesidades emocionales e intelectuales. Ahí es cuando aparecen las depresiones y también los sueños, tan presentes en los países del primer mundo. Porque sólo cuando está asegurada la supervivencia podemos preocuparnos por saciar otro tipo de inquietudes.
La educación es otro derecho que desde hace algún tiempo ya se está considerando algo esencial porque es a través de ella como se puede tomar consciencia de la realidad para poder cambiarla. De ahí la importancia de la lectura.
El otro día cuando paseaba por el rastro me topé con un puesto que había encontrado la manera de matar dos pájaros de un tiro vendiendo en el mismo pack cultura y abrigo. No quise marcharme sin tomar una foto. Su frase era la siguiente: “Por la compra de tres bragas regalamos un libro”. Ahí queda eso. Y además nos da la clave del tiempo medio que se tarda en leer un libro: tres días, uno por cada braga. Así que, volviendo a mi amigo Javi, le robo la frase y se la modifico: “Hagas lo que hagas, lee un libro y ponte bragas”.