Le pedí que me tratara como a una reina y me regaló unas zapatillas de felpa. Esa misma tarde lo dejé. Y no fue porque no me gustaran las zapatillas, que tenían su gracia. Ni porque después de tanto tiempo de relación no supiera el número que calzo.
El mensaje que les pintó con cola blanca, casi un homenaje borbónico, tampoco me molestó a pesar de mi convicción republicana. Es más, pensé que era una frase muy real para una reina. Tan real como las veces que él me la había repetido antes. Pero tampoco lo dejé por eso. El verdadero porqué estaba ahí, en las propias zapatillas.
Puse punto y final a nuestra relación porque entonces comprendí que ni siquiera se había molestado en desenvolver la gramática española que le regalé con todo cariño para su cumpleaños.

